Así se llamaba mi perro, que acaba de morir a sus trece años como mueren los Steve Jobs, de un cáncer de páncreas.
Voy a ser sincero: no me provoca demasiada tristeza. No puedo decir, como se suele, que ha sido mi mejor compañero durante mi infancia y juventud, ni que su marcha me vaya a dejar un gran hueco por dentro. Nunca le he prestado mucha atención. Aún así, trece años inevitablemente dan para algunas historias, y por supuesto que le he tenido cariño, más que a muchas personas supuestamente cercanas.
Sin embargo, no siento tanta tristeza como respeto. Respeto porque Babel ha sido un perro leal. Ha guardado su puesto, con la pureza y honestidad absoluta que le confiere su condición de animal irracional, desde el principio hasta el final. La única vez que no ha movido el rabo al acercarme ha sido esta tarde, cuando ya, sencillamente, no podía más.
No voy a caer en el tópico de decir que era un perro especial. No lo era; todos los perros son fieles y honestos. Pero nosotros tampoco éramos unos dueños especiales, y a él no le importó. Se limitó a honrar inquebrantablemente su cometido para con nosotros, por el mero hecho de ser nosotros, y no otros. Nunca correspondimos ni una pequeña parte de las toneladas de cariño que nos ha volcado. Nunca lo ha echado en cara. Para él, cada gesto por nuestra parte no era una deuda pagada; era un regalo.
Y por eso escribo estas palabras. Porque, aunque no fuera un perro excepcional, era mi perro, un buen animal, y como tal merece mi reconocimiento. No desde el sentimiento que no voy a intentar fingir, sino desde el respeto y la admiración del que observa, sobre todo lo demás, prevalecer, ya eternizados por la muerte, la lealtad, el honor, el deber y la verdad.
Ojalá logre llegar a ser, a lo largo de mi vida, más Babel, y menos Harad.

1998 - 2012
No deseo ningún tipo de pésame; tan sólo quiero, como pago póstumo de mi deuda para con él, que quien llegue a leer esto pueda compartir conmigo, en silencio interior, este justo reconocimiento.

[video]
Algo que suelo hacer es, cuando la lamparilla de al lado de mi cama está muy caliente, tantearla, tocarla con la yema de los dedos y esperar esa reacción que suele tardar uno o dos segundos. No entiendo cómo, no llego a imaginar qué proceso exacto ocurre, pero sufro. En un minúsculo rincón del conjunto de realidades que existen, algo ha sufrido. Me maravillo en la sensación de repulsa, me regodeo en el insoportable imperativo de apartar la mano que se cierne sobre mi subjetividad. Puedo entender el trasvase de electrones que llevan un ordenador a ejecutar una orden, puedo entender la cadena de conexiones sinápticas, estados cerebrales activados y desactivados, músculos contraídos y leyes físicas que me llevan finalmente a apartarme de la fuente de calor. Pero no sé si alguien jamás, jamás, llegará siquiera a acariciar superficialmente la comprensión del mecanismo por el que mi sustancia consciente sufre esa sensación de calor, por el que mi libre albedrío se ve presionado a actuar para retirar el dedo, por el que se relaciona toda ese misterioso mundo subjetivo con la mencionada cadena biológica de fría e inerte acción-reacción. Me recreo en mi propia capacidad de reconocer la paradoja mientras me resulta del todo imposible llegar a conocer la solución, me pierdo entre capas y capas de abstracción, entre aproximaciones absurdas y tanteos estúpidos; me pregunto, una vez más, qué clase de maravilloso mundo es este en el que lo más alejado de mi capacidad de comprensión es mi propia naturaleza primordial. Y entonces, abotargada ya mi estúpida mente por tanto dolor, retiro el dedo.
El Che de Guadalmina, héroe revolucionario antitabaco.
Esto sí que representa bien qué es el futuro: lo veo todo a través de un ventilador USB.
Pajarita+Bigote=DIOS HA MUERTO.
Y por más veces que la tires, seguirá derramando. Arg.