Algo que suelo hacer es, cuando la lamparilla de al lado de mi cama está muy caliente, tantearla, tocarla con la yema de los dedos y esperar esa reacción que suele tardar uno o dos segundos. No entiendo cómo, no llego a imaginar qué proceso exacto ocurre, pero sufro. En un minúsculo rincón del conjunto de realidades que existen, algo ha sufrido. Me maravillo en la sensación de repulsa, me regodeo en el insoportable imperativo de apartar la mano que se cierne sobre mi subjetividad. Puedo entender el trasvase de electrones que llevan un ordenador a ejecutar una orden, puedo entender la cadena de conexiones sinápticas, estados cerebrales activados y desactivados, músculos contraídos y leyes físicas que me llevan finalmente a apartarme de la fuente de calor. Pero no sé si alguien jamás, jamás, llegará siquiera a acariciar superficialmente la comprensión del mecanismo por el que mi sustancia consciente sufre esa sensación de calor, por el que mi libre albedrío se ve presionado a actuar para retirar el dedo, por el que se relaciona toda ese misterioso mundo subjetivo con la mencionada cadena biológica de fría e inerte acción-reacción. Me recreo en mi propia capacidad de reconocer la paradoja mientras me resulta del todo imposible llegar a conocer la solución, me pierdo entre capas y capas de abstracción, entre aproximaciones absurdas y tanteos estúpidos; me pregunto, una vez más, qué clase de maravilloso mundo es este en el que lo más alejado de mi capacidad de comprensión es mi propia naturaleza primordial. Y entonces, abotargada ya mi estúpida mente por tanto dolor, retiro el dedo.